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Versión revisada de un artículo escrito años atrás. Las anécdotas y los recuerdos pertenecen a aquella época; esta edición ordena el relato y conserva su voz original.

1. Mallorca, las galletas y la NASA

Cuando era joven, una de las cosas que me parecían más complejas era fabricar productos en serie. No había internet y Mallorca no era precisamente un lugar donde uno se tropezara con una fábrica al salir de casa. Como a muchos niños de aquí, me llevaron a visitar Quely. Yo tendría ocho años y aquello me impresionó como si hubiera visitado la NASA.

Para los de fuera: Quely es una fábrica de galletas mallorquinas. Las galletas de aceite pertenecen a esa familia de provisiones resistentes que acompañaban a los navegantes cuando todavía no había que discutir con una compañía aérea por el tamaño de la maleta. Algunos mallorquines seguimos saliendo de viaje con una bolsa de galletas y una sobrasada. Hay avances tecnológicos que no mejoran lo que ya funciona.

La primera generación de hoteleros mallorquines tuvo una visión extraordinaria y mejoró la vida de muchísimas familias. Algunos levantaron compañías con presencia internacional. Pero el éxito nos dejó también una costumbre: cuando pensamos en hacer algo nuevo, con demasiada frecuencia pensamos en hacer otro hotel.

Más hoteles, más turistas, más necesidad de trabajadores en verano y menos actividad en invierno. La pescadilla que se muerde la cola. La estacionalidad no es una palabra que sólo aparezca en los informes: se nota en los meses trabajados, en los ingresos de las familias y en las posibilidades de quien quiere construir aquí una vida profesional.

Mientras tanto, en Sa Pobla o Muro puede resultar más rentable alquilar una finca a turistas que cultivar patatas. Y a los que siguen fabricando calzado u otros productos en la isla, a pesar de todo, yo les daría una medalla a la resistencia. La insularidad sirve para explicar muchas dificultades, pero también nos ha servido de excusa para dejar de intentarlo.

De la competencia en productos de consumo y de cómo nuestros gestores públicos se ponen de perfil ya hablé en «¡¡¡Vamos a Quebrar!!!». Aquí prefiero plantear otra pregunta: ¿de verdad no podemos diseñar y fabricar algo desde Mallorca?

Imaginemos a un joven con formación técnica que quiere fabricar equipos electrónicos en series pequeñas. No necesita construir una fábrica de microprocesadores en el solar de al lado. Puede encargar un prototipo de carcasa en Venecia, las piezas metálicas en Barberà del Vallès, los circuitos impresos en Irún y los plásticos en Ibi. El diseño, el firmware, las aplicaciones y el ensamblaje pueden hacerse aquí.

En series cortas, con productos especializados, cuentan mucho la flexibilidad, conocer al cliente y poder hablar directamente con quien ha diseñado el equipo. La distancia sigue existiendo, pero ya no impide hacer las cosas que antes parecían imposibles.

Tenemos ingenieros, formación y ganas de trabajar con algo más que una bandeja. Nos faltan más empresas donde esas personas puedan desarrollar productos propios durante todo el año. Cuando escribí este artículo tenía en mente unos pocos casos cercanos. No pretendía hacer un censo industrial: quería contar cómo habían empezado. Porque empezar, que es lo que parece más difícil, ya lo hemos hecho unos cuantos.

2. Domingo: primero se inventaba y después se buscaba cómo venderlo

En los años sesenta y setenta era habitual que algunos aparatos de radio y televisión se montaran en talleres locales. Había mucho trabajo manual, componentes soldados sobre bastidores y equipos que se vendían en forma de kit. Ensamblar un televisor en un taller de Llucmajor tenía bastante más sentido del que hoy podemos imaginar.

En ese ambiente comenzó Domingo Aparicio. En la segunda mitad de los sesenta montó primero SERTEL y después IRTESA. Diseñaba y fabricaba televisores, mandos a distancia y, en general, lo que hiciera falta. Lo de especializarse en un único nicho debió de parecerle una pérdida de oportunidades para inventar.

Hizo controles para máquinas de imprenta en Imprenta Nueva Balear, equipos de electroestimulación para el Gabinete Luria, sistemas de lectura de negativos para el Laboratorio Beta Color y electrónica para la maquinaria de colchones de Montserrat. También desarrolló alarmas codificadas para viviendas y locales, instalaciones electrónicas para hoteles y equipos de iluminación. Incluso discotecas portátiles. Si había un problema que pudiera resolverse con electrónica, Domingo se ponía a ello.

Domingo Aparicio trabajando en su mesa de electrónica
Domingo Aparicio en el taller.

Un hotel controlado con un VIC-20

A principios de los ochenta se metió con las salas de máquinas de los hoteles: calderas, generadores de frío y agua caliente sanitaria. Diseñó sus propias placas y las conectó a un Commodore VIC-20. Sí, aquel pequeño ordenador doméstico.

La Compañía Hotelera del Mediterráneo confió en el proyecto y le encargó el control del Hotel Milord I, en Ibiza. En 1984, un televisor hacía de monitor y unos gráficos sinópticos permitían ver y manejar la instalación desde un punto central.

Contado ahora, con un móvil en el bolsillo más potente que todo aquel conjunto, puede parecer poca cosa. Entonces conseguir documentación técnica ya era un proyecto dentro del proyecto. Existían autómatas industriales, claro, pero no estaban al alcance de cualquier taller. Domingo resolvía con lo que podía conseguir y con lo que sabía fabricar.

Equipos Commodore antiguos con un televisor como monitor
Los primeros equipos, con un televisor como monitor.

Los equipos fueron evolucionando e incorporaron microcontroladores. Se programaban en ensamblador y una parte importante del trabajo se hacía con papel, lápiz y cabeza. Depurar no consistía en pulsar un botón y mirar qué variable se había quedado a cero.

Cuando el programa acababa en una memoria programable una sola vez, equivocarse podía significar perder el componente. Convenía pensárselo antes de grabar. La siguiente hoja explica mejor que muchas palabras lo que significaba desarrollar electrónica en aquellos años.

Hoja de un programa en ensamblador escrito a mano por Domingo Aparicio
Programa escrito a mano por Domingo.

El fundador tecnológico

Los encargos crecieron y hubo que organizar una empresa para comercializar aquellos desarrollos. En esa etapa coincidieron Domingo, Víctor Pagès, Jerónimo Cabot y Martín González. Este último había fundado Humiclima, una instaladora de la que quienes lo conocieron recuerdan, además del crecimiento, el trato familiar y la estabilidad del trabajo.

La empresa que comercializó los equipos se llamó Robot. Pero lo que quiero destacar aquí es el papel de Domingo como fundador tecnológico: el creador de los equipos, de los programas y de las soluciones sobre las que se construyó aquella actividad.

En octubre de 1986, mientras yo estrenaba la Escuela de Ingenieros Industriales de Zaragoza, un sistema de control centralizado desarrollado por Aparicio recibió el primer premio de innovación tecnológica del Govern Balear.

Había dos perfiles que hacían falta: Domingo inventando y Víctor al frente de la parte comercial. Después de tantos años sigo pensando que vender puede ser casi tan importante como diseñar. Un gran invento que no sale del taller termina siendo una afición bastante cara.

Eso sí: con los socios hay que ir con cuidado. En 2001, una enfermedad de Domingo abrió una etapa de cambios en el control de la empresa. Para quienes apreciábamos su trabajo, fue una historia amarga. No voy a convertir este artículo en una crónica de aquellos conflictos, pero tampoco quiero que el nombre de una sociedad tape el de quien había puesto la tecnología.

Domingo volvió a desarrollar equipos junto a parte del equipo técnico. Esa trayectoria continuó en Rotec, cuya web mantiene por razones históricas. Quedaron atrás años de soluciones ingeniosas, desde sistemas mecánicos hasta comunicaciones con fibra óptica de plástico, y siguió haciendo lo que siempre le había gustado: inventar.

Cuando redacté estas líneas, ya retirado, seguía dándole vueltas a proyectos relacionados con la energía solar y eólica. Los técnicos tenemos esa pequeña dificultad para entender qué significa retirarse.

De aquella historia me queda una lección: al principio de muchas empresas hay alguien más interesado en resolver un problema que en calcular cuánto va a ganar. Cuando el negocio funciona, conviene no mandar a ese alguien al fondo del pasillo. Los Wozniak también necesitan sitio en la mesa.

3. Ibercomp: una nevada, una revista y una idea

Uno de mis defectos es querer hacer cosas propias. En lugar de entrar a trabajar en la empresa de otro, acabé montando la mía. Ya venía avisando: era el niño que pedía Sales Kit para Reyes y hojeaba revistas de electrónica.

Con dieciséis años editaba y vendía una revista de informática que salía cada dos meses. Para darle cierta seriedad nos inventamos una empresa que ni siquiera estaba registrada: Ibérica Computer. Años después aquello terminó formalizándose como Ibercomp. La imagen corporativa llegó antes que la sociedad, que es una forma bastante práctica de empezar cuando tienes dieciséis años.

Comenzamos vendiendo y reparando ordenadores. Fuimos distribuidores exclusivos y servicio oficial de Atari en Baleares. Por las tardes había tertulia en nuestro club e intercambio de programas. Entonces la piratería tenía otra consideración social; tampoco voy a reconstruir aquellas tardes como si hubieran sido un seminario sobre licencias.

También hacíamos programas serios. Uno de ellos gestionaba operaciones aeroportuarias, plataforma, mostradores de facturación, puertas de embarque y megafonía. Todo a bajo nivel, sobre ordenadores que hoy parecerían de juguete. Aquello nos permitió adelantarnos muchos años a soluciones que después fueron habituales.

Con los Atari hicimos nuestras primeras tarjetas de expansión y una red local inspirada en AppleTalk. Por debajo estaba el RS422, pariente cercano del RS485, al que en esta casa seguimos teniendo bastante cariño.

«Vamos a fabricar esto»

En 1993 me fui de turismo a Múnich. Una tormenta de nieve me dejó atrapado en el aeropuerto. El aburrimiento llegó al punto de comprar una revista de electrónica en el quiosco, y allí encontré el anuncio de una placa con un microcontrolador.

Un avión en el aeropuerto de Múnich durante una nevada

Yo había trabajado con procesadores, sacando señales y puertos de un Z80 o de un 68000. Aquel dispositivo ofrecía una forma mucho más compacta de construir equipos independientes. Me llamó la atención.

Anuncio alemán del sistema de desarrollo MIDI/RS232 con microcontrolador 80C535
El anuncio de la revista alemana que puso en marcha la idea.

Al volver a Palma puse cara de serio, enseñé el anuncio a mis compañeros y socios y anuncié:

—Vamos a fabricar esto.
—¿Y eso qué es? ¿Para qué sirve?

Las preguntas eran razonables. Mi entusiasmo iba unas cuantas páginas por delante del plan de negocio.

Compramos una placa en Alemania. A través de Merchán, en Madrid, que suministraba componentes a Atari España, conseguimos piezas y ayuda para poner aquello en marcha.

Pau Vidal dibujó el circuito impreso con el Paint de Microsoft. No es una errata: con Paint. Una imprenta nos sacó los fotolitos en acetato y se los enviamos a Avelino Díaz, que tenía una empresa de circuitos impresos en Madrid.

Prototipo de una de las primeras placas de evaluación, con microcontrolador Siemens 80C535
Una de las primeras placas de evaluación, todavía en versión prototipo.

Guillermo Mesquida desarrolló en Turbo C el entorno de programación, con ensamblador cruzado incluido. Windows todavía no estaba extendido, así que aquellas ventanas se dibujaban en modo texto. Tenían todo el aspecto de ser modernas, siempre que uno no se acercara demasiado.

Yo hice el programa de arranque del microcontrolador y escribí un manual de unas seiscientas páginas para explicar qué era y para qué servía. Años después lo revisé, llegué a las mil doscientas y decidí no publicarlo. Había conseguido que aprender a usar la placa exigiera más espacio que la propia placa.

Arturo Cortés, amigo y cofundador de aquella aventura, aportaba ánimo, cohesión y una visión comercial que nos hacía mucha falta. En un grupo de personas capaces de pasarse horas discutiendo cómo resolver una interrupción, alguien tiene que recordar que también hay que contestar al teléfono.

Primero el anuncio, después la fabricación

El equipo aún no estaba terminado, pero lo anunciamos en Elektor. Como si fuéramos americanos.

Una mañana sonó el teléfono con el primer interesado. Después llamó otro. Al terminar el día teníamos unos ocho pedidos. Los días siguientes se parecieron bastante.

Por el equivalente a unos sesenta euros ofrecíamos una solución completa para empezar a trabajar con un microcontrolador. Salvando las distancias y la época, algo que hoy resultaría familiar a cualquiera que haya empezado con Arduino.

En 1994 ya estábamos diseñando y fabricando nuestros propios equipos en Baleares. Yo todavía no conocía a Domingo. Habíamos estado trabajando durante años de espaldas, en una isla, sin enterarnos demasiado de lo que hacía el otro. Cosas de antes de internet.

4. La placa hacía surf y después llegó 2008

Conseguir pedidos fue estupendo. Descubrir que no podíamos fabricarlos tan deprisa fue menos estupendo.

Con un soldador de lápiz sacábamos unos diez equipos al día. Terminamos repartiendo placas entre todos los conocidos que podían ayudarnos. María, que atendía el quiosco del instituto Ramon Llull, también soldaba. Nuestra capacidad industrial tenía una organización bastante peculiar.

Llamé a Luis Madrid, jefe técnico de Atari en España, y le pregunté cómo podía soldar con menos esfuerzo. Me explicó que necesitábamos una soldadora por ola: una ola de estaño por la que pasaban las placas.

Me imaginé una placa haciendo surf. No entendía nada.

En otra revista encontramos a Maquinaria Suiza, preguntamos por una soldadora por ola y acabamos comprando una SEHO Compact 1025. Con ella pudimos fabricar series con más velocidad y mejor calidad.

Más de treinta años después de aquellos comienzos, la máquina original seguía funcionando. Cuando escribí el artículo la reservábamos sobre todo para prototipos: al ser pequeña, se calentaba antes que las máquinas más modernas. A veces lo viejo tiene ventajas bastante concretas, además del cariño que le tenga uno.

La ALTAIR 535 tuvo una acogida extraordinaria: llegamos a construir unas nueve mil unidades. Todo aquello empezó cuando internet todavía no formaba parte de la vida cotidiana. Después vinieron la ALTAIR 537 y muchas variantes hechas a medida. El firmware se escribía en ensamblador y cada proyecto nos obligaba a aprender algo nuevo.

Detalle de un circuito impreso del archivo de Ibercomp
Diseñar el circuito era sólo una parte del trabajo: después había que conseguir fabricarlo y montarlo.

Una calculadora, una tabla y unos cuantos valores hexadecimales

Para completar el entorno vendíamos un grabador de EEPROM y una colección de bibliotecas. Uno de los retos era disponer de rutinas matemáticas en coma flotante, compatibles con IEEE 754.

Organizamos un concurso que ganó Andrés Torrubía, entonces estudiante. Hizo las rutinas en un par de días. Al probarlas encontramos un fallo en el cálculo de logaritmos.

Andrés cogió el listado y una calculadora HP, revisó las tablas y comenzó a modificar valores hexadecimales calculados sobre la marcha. Al cabo de un rato estaban listas las rutinas para el 8051, en ensamblador. Yo miraba aquello intentando no poner cara de estar viendo un truco de magia.

Los proyectos a medida fueron alejándose de la placa inicial. Desarrollamos, por ejemplo, un controlador horario que permitía seguir los trabajos y calcular costes de producción. El software lo hizo Juan Palau.

Controlador horario con teclado, pantalla y documentación de Ibercomp
Uno de los equipos desarrollados para control horario y seguimiento del trabajo.

También empezamos a exponer en ferias. Eran divertidas: había muchos fabricantes españoles que necesitaban electrónica propia y cada conversación abría una ventana a un oficio distinto. Aprendíamos de lo que sabían los demás, que es una manera muy buena de ampliar conocimientos sin creerse que uno lo sabe todo.

Stand histórico de Ibercomp con equipos electrónicos expuestos
Ibercomp en una feria: equipos propios y muchas conversaciones con otros fabricantes.

Cuando los pedidos se paran

En 2008 se frenaron los pedidos. Cerraron muchos clientes y también proveedores. El problema ya no era cómo fabricar más deprisa.

Con la ayuda de Seti Controls y las ideas de Nadal Roig desarrollamos nuestro primer sistema de domótica para hoteles. Tuvo buena aceptación y nos propusimos seguir mejorándolo.

Una de las cosas que queríamos cuidar era la comunicación directa entre quien usa el sistema y quien lo desarrolla. Cuando un problema tiene que atravesar demasiados intermediarios, la conversación acaba pareciéndose al teléfono roto. Y el equipo sigue sin hacer lo que el usuario necesita.

La trayectoria continuó con la domótica y con el proyecto de código abierto OSOLogic, que enlaza con nuestros antiguos autómatas y equipos de adquisición de datos. En el fondo seguimos haciendo algo muy parecido a lo de aquella revista del aeropuerto: encontrar un problema, imaginar un equipo y tratar de que funcione.

5. Pineda y Adrián: otras formas de fabricar desde aquí

Mi historia y la de Domingo no agotan ni mucho menos lo que puede hacerse en Mallorca. Hay otras maneras de trabajar con electrónica, incluso cuando el producto final no se parece a una caja con conectores.

Álvaro Pineda y los circuitos que no se ven

Álvaro Pineda está al frente de iC-Málaga. La empresa nació en Málaga en 2002 y desarrolló su actividad en Alaró, en Mallorca, vinculada desde sus comienzos a iC-Haus, en Alemania.

Álvaro Pineda y su equipo trabajando en el laboratorio de IC Málaga
Álvaro Pineda y su equipo en el laboratorio de IC Málaga.

Su terreno es el diseño de circuitos integrados. Para entendernos: nosotros podemos diseñar una placa utilizando chips; ellos trabajan en el diseño de los propios chips y de sus aplicaciones. Es otra escala del mismo oficio.

Detalle del diseño de un circuito integrado en la pantalla de IC Málaga
El diseño de un circuito integrado, visto en la pantalla de trabajo.

Se puede explicar su trabajo con catálogos y suficientes siglas para dejar al lector buscando la salida. Pero la idea que quiero contar es bastante más sencilla: también desde Alaró se puede hacer microelectrónica que termine en equipos de otros países.

Sus trabajos incluyen electrónica para sensores industriales, control de láseres, lectura óptica y medida de radiación. Esta última línea tiene aplicaciones en investigación, seguridad y salud, también a través de Sealicon. Lo interesante no es acumular nombres de tecnologías, sino entender que detrás de un sensor diminuto hay diseño, pruebas y mucho conocimiento.

La colaboración con equipos e instituciones como el CERN permite hacerse una idea del tipo de problemas en los que trabajan. No hace falta levantar una gran nave industrial para participar en una cadena tecnológica internacional. Hace falta saber hacer algo que otros necesitan y hacerlo bien.

Veinte minutos de conversación y un viaje alrededor de la Luna

Y en este caso lo de llegar lejos se puede tomar bastante al pie de la letra. En octubre de 2014, dos sensores FGDOS de IC Málaga viajaron en la misión 4M, que sobrevoló la Luna. Midieron la radiación durante el recorrido, incluido el paso por los cinturones de Van Allen. Joan Cesari, de IC Málaga, presentó el experimento y sus resultados en SPACEMON 2017, en la ESA.

Equipo de la misión 4M mostrado por IC Málaga en SPACEMON 2017Electrónica del experimento de radiación de la misión 4M
Equipo de la misión 4M y electrónica del experimento de radiación.

Lo mejor es cómo empezó. Pineda contaba en una entrevista con BBVA que habían acudido a una feria de la ESA con reuniones de veinte minutos. De unas dieciocho conversaciones salió el contacto con LuxSpace. La propuesta: preparar el sensor en mes y medio y pagarlo ellos mismos; si superaba la evaluación, podría viajar en la misión. Hay reuniones que dejan una tarjeta de visita y otras que te dejan bastante trabajo.

También explicaba una paradoja muy nuestra: para ellos, estar en Mallorca facilitaba viajar a ferias y clientes gracias a las conexiones del aeropuerto. La misma insularidad que tantas veces invocamos como impedimento podía jugar a favor.

Y dejaba una frase que resume años de oficio: «Siempre digo que diseñar un microchip es infinitamente más sencillo que venderlo». Quien haya intentado sacar un producto del taller reconocerá el problema.

Por eso quería incluir a Pineda en esta historia. No como un apéndice comercial, sino como otro ejemplo de que la geografía no decide por sí sola qué podemos diseñar.

Adrián Brancolino: competir también puede ser esto

Adrián Brancolino fundó Electronic Circuit Design, dedicada al diseño y fabricación de equipos electrónicos y electromecánicos.

Adrián Brancolino presentando su anemómetro en el stand de MATELEC
Adrián Brancolino presentando su anemómetro en el stand de MATELEC.

Es un competidor técnico y ha acabado siendo un amigo. Nos empujamos mutuamente a ver quién hace el diseño más avanzado, cada uno en su campo. Tampoco tenemos problema en colaborar o en compartir documentación e ideas. Se puede competir sin convertir cada conversación en un secreto de Estado.

Entre sus desarrollos hay anemómetros sin partes móviles, sensores de conductividad, control inalámbrico de seguidores solares y sistemas para medir el nivel del agua. Son problemas concretos de instalaciones reales, de esos que no se arreglan poniendo «innovación» tres veces en una presentación.

Anemómetro WindQX SA.01 sin partes móviles de Electronic Circuit Design
Anemómetro sin partes móviles de la familia WindQX, de Electronic Circuit Design.

Hay una escena que explica el anemómetro mejor que una ficha comercial. En una demostración de MATELEC 2024 con Carlos Orts, Adrián lo enseña dentro de un tubo con turbinas. Van dando potencia y la lectura responde; al final la conversación ya avisa de que van a hacer ruido en la feria. Para mostrar un sensor de viento, se habían llevado el viento puesto.

El camino venía de lejos: en los antecedentes de su modelo de utilidad, el propio inventor sitúa el origen en su proyecto de fin de carrera de 2015. Entre el trabajo universitario y el producto hay unos cuantos años que las palabras «idea brillante» suelen saltarse.

Un sensor que tiene que pasar años a la intemperie enseña enseguida la diferencia entre una buena idea y un producto que funciona. Hay que diseñarlo, probarlo, fabricar unidades repetibles y responder cuando alguien lo instala. Ese recorrido, más que una frase bonita, es lo que convierte un proyecto técnico en una empresa.

Ojalá hubiera muchos más técnicos con quienes compartir esa mezcla de curiosidad, cabezonería y ganas de mejorar lo que hace el vecino. Seríamos más competencia, sí. También tendríamos más industria.

6. Volver a la pregunta

Después de todos estos años, estoy convencido de que el futuro de nuestra comunidad pasa también por desarrollar una industria ligera: empresas que diseñen y fabriquen productos propios, con mucho conocimiento detrás y trabajo durante todo el año. El turismo nos ha dado mucho; tenemos talento para abrir más caminos.

Y es posible. Hay mucha gente joven con capacidad y cualificación suficiente para hacerlo. Lo que me gustaría decirles es que no tengan miedo al fracaso. Equivocarse forma parte del aprendizaje, y nadie empieza sabiendo diseñar, fabricar, vender y llevar una empresa a la vez. Si nosotros hubiéramos esperado a entender una soldadora por ola, todavía estaríamos mirando el anuncio.

Domingo tenía conocimientos y problemas que resolver. Nosotros tuvimos una revista, un grupo de entusiastas y bastante poca idea de cómo íbamos a soldar los pedidos. Pineda y Adrián han abierto otros caminos desde sus especialidades. Ninguna de estas historias empezó con un catálogo completo y todo bajo control.

Actualización de octubre de 2026

Después de escribir estas líneas ha aparecido una entrevista muy interesante a Mateu Oliver, publicada por COPE el 14 de octubre. Al leerla he encontrado muchas de las ideas que llevan dando vueltas por este artículo, contadas desde una perspectiva mucho más amplia que la de nuestro taller.

Mateu Oliver es ingeniero industrial e informático, decano del Colegio de Ingeniería Industrial de las Illes Balears y nuevo presidente de EUREL, la organización europea de asociaciones de ingeniería eléctrica, electrónica y tecnologías de la información. Su experiencia conecta la realidad balear con los debates industriales europeos: conoce los problemas de aquí y participa en los foros donde se discute hacia dónde debe ir Europa.

Oliver recuerda cuánto ha cambiado nuestra economía desde los años sesenta. Según las cifras que cita en la entrevista, la industria representaba entonces alrededor del 20 % del PIB balear; hoy la sitúa entre el 2,5 % y el 5 %. Su diagnóstico es que hemos concentrado demasiado la mirada en el turismo y hemos ido perdiendo otras capacidades productivas.

Propone recuperar terreno con actividades como la electrónica, la robótica, la fabricación aditiva o el tratamiento de agua. Para hacerlo pide inversiones reales, infraestructuras y planificación a largo plazo, además de administraciones que se coordinen y decisiones apoyadas en conocimiento técnico. También advierte de la escasez de vocaciones y perfiles de ingeniería: hace falta atraer y acompañar a quienes pueden construir esa industria.

Coincido con ese planteamiento. Tenemos personas capaces y ejemplos que demuestran que se puede hacer. Hay que darles oportunidades para aprender, colaborar y convertir sus ideas en productos. Ojalá dentro de unos años haya tantos casos que este artículo necesite varias entregas. Sería una buena noticia, aunque me tocara volver a escribir el manual.

Para quien quiera profundizar, recomiendo leer y escuchar la entrevista completa en COPE.

De niño, una fábrica de galletas me pareció la NASA. Después descubrí que también se podía empezar con un soldador, papel y un poco de terquedad. La pregunta sigue siendo la del principio: ¿cómo comenzar?

Alguna vez hay que volver del aeropuerto, señalar una página y decir: «Vamos a fabricar esto».